Pep Nogué lleva la poesía culinaria de Girona al Latino Gastronomic de Puebla



Leonardo A. Torres En el escenario del Latino Gastronomic de Puebla, la gastronomía se volvió relato, memoria y poesía que vino de Girona. Entre aromas de anchoas en salazón, aceites verdes recién prensados y copas de vino ancestral, apareció Pep Nogué, cocinero, profesor y divulgador de la cocina catalana, para recordarnos que comer no es solo un acto cotidiano: es también un gesto de identidad, de amor y de futuro.

Un cocinero que narra con los sabores

Formado durante más de una década en el Celler de Can Roca, Nogué carga consigo la enseñanza de Joan Roca: “la cocina es un lugar para contar historias”. Con esa brújula, ha construido un camino donde la técnica es importante, pero nunca lo esencial: lo esencial es la memoria que se transmite en cada bocado, la geografía que se traduce en cada producto, la emoción que despierta cada plato. En Puebla, su propuesta fue una barra gastronómica que funcionó como un escenario íntimo. Sin manteles ni solemnidades, frente a los asistentes del festival, Nogué habló de la sal, del mar y de los olivos con la misma pasión con la que otros recitan pueden escribir un poema o un stand up. Cada degustación fue acompañada de un relato que unía pasado y presente, Girona y México, tradición y modernidad.

Girona en una hora, Girona en un bocado

El cocinero recordó que Girona es un territorio singular: en apenas una hora se puede pasar de los picos nevados del Pirineo a la brisa salada del Mediterráneo. Esa riqueza geográfica se refleja en una cocina que no necesita artificios, porque los ingredientes cuentan por sí mismos.

Allí nacen las gambas rojas de Palamós, convertidas en símbolo de un mar generoso; las anchoas en salazón, herencia de los romanos que enseñaron a conservar el pescado con sal; y los aceites verdes, elaborados con aceitunas tempranas que regalan notas amargas y picantes, portadoras de salud y carácter.

“Un buen producto no necesita más que respeto por la técnica”, recordó Nogué a los asistentes, y con esa frase delineó una filosofía que se aleja de lo ostentoso para reivindicar lo esencial.

En la barra, los asistentes probaron una anchoa carnosa bañada en aceite virgen extra y comprendieron que en ese bocado había siglos de historia y mar, también un carpaccio de gamba apenas acompañado de un sofrito lento, donde descubrieron que la sencillez puede ser el gesto más honesto de respeto.

Cada plato fue acompañado de vinos que, como el ancestral, fermentan con sus propias levaduras, más vivos, más auténticos, como la misma filosofía de Nogué. Y entre brindis y sonrisas, se dibujó una certeza: la cocina, cuando se comparte de pie y sin protocolos, se vuelve cercana, humana y entrañable.

La cocina como acto político

Más allá del deleite, Pep recordó que comer también es un acto político. Cada elección en la mesa sostiene oficios, territorios y formas de vida. “Sin agricultura no hay cocina, no hay futuro”, repite de una frase que leyó por ahí, convencido de que elegir productos locales es también elegir qué mundo queremos habitar.

En ese espejo, Puebla y Girona dialogaron. Ambas tierras saben de tradiciones que se resisten a la homogeneización, de campesinos y pescadores que ponen en la mesa más que un alimento: ponen un legado.

Puebla como cruce de caminos

El Latino Gastronomic se consolidó así como un espacio donde la cocina es puente entre culturas. La barra de Girona no solo ofreció sabores, sino que invitó a pensar en la sostenibilidad, en la identidad y en la belleza de los gestos sencillos.

Al final, lo que quedó en la memoria de los asistentes no fue únicamente el sabor salino de una anchoa o la cremosidad de una gamba roja. Fue la certeza de que la gastronomía, cuando se vive con pasión y se comparte con generosidad, puede ser tan íntima y transformadora como la poesía.

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